Sutiles emergencias de cuerpos y colores: Prejuicio y explotación en la obra de dos artistas latinoamericanas

La construcción de diferencias entre seres humanos y grupos sociales ha sido un tema de reflexión que ha inquietado a investigadores e investigadoras y artistas desde hace mucho tiempo. Dichas diferencias socialmente construidas son funcionales a un modo de organización social desigual y terminan por desembocar, la mayor parte de las veces, en fenómenos como el prejuicio y la discriminación. Este prejuicio puede expresarse de diversas formas, ya sea como sexismo, clasismo o racismo, entre otros. Dos proyectos fotográficos que he conocido en los últimos meses indagan en la forma en que construimos dichas diferencias entre los seres humanos y en las expresiones negativas que se derivan de esos procesos de categorización y estereotipia, y que tienen en común que terminan por subvaloran a las y los otros.

Daniela Ortiz, 97 empleadas domésticas, 2010.

Daniela Ortiz, 97 empleadas domésticas, 2010.

El primero de ellos es el de la artista peruana Daniela Ortiz, titulado “97 empleadas domésticas” (2010), que tuve la oportunidad de ver en enero de este año en la exposición, Teoría del Color, en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC), en México D.F. El segundo corresponde a una obra en proceso, de la artista brasileña Angélica Dass, denominada “Humanae” y que estuvo expuesta en el CENTEX de Valparaíso hasta junio recién pasado.
97 empleadas domésticas
Daniela Ortiz se ha dedicado a trabajar desde diversos formatos problemáticas cruciales de nuestro tiempo como son la migración, el trabajo doméstico y la ciudadanía. Estas problemáticas tienen en común su intersección con las categorías de género, clase y raza. Como ya señalé, la obra “97 empleadas domésticas” se presentó en la exposición Teoría del Color, curada por Helena Chávez Mac Gregor, Alejandra Labastida y Cuauhtémoc Medina, cuyo objetivo fue indagar sobre el racismo en diversos contextos. Tres ejes articulan esta muestra: “imaginario blanco”, “imaginario criollo e imaginario lo uno y lo otro”, “lo (in)humano”. A su vez, estos ejes fueron descompuestos en las siguientes dimensiones: producción del otro, rostro del enemigo, violencia antropológica, sujeto nación, tecnologías de identificación y servidumbre y explotación; en esta última dimensión se instala la obra de Ortiz.
La artista recolectó imágenes de la vida cotidiana de la clase alta peruana publicadas en facebook (celebraciones, interiores domésticos, paseos a plazas, etc.), en las que se podía ver aparecer a una mujer trabajadora doméstica, aunque siempre de forma accidental. Por ejemplo, un primer plano de una mujer rubia con dos niños, que podemos inferir es una madre y su hijo e hija, en la que al fondo muy a los lejos se ve a una mujer con el característico uniforme de servicio doméstico. La mujer simplemente pasa justo en el momento en que alguien toma la fotografía. Otro ejemplo. Una celebración de gente joven en la que una chica sonríe y hace gestos a la cámara, mientras a su costado derecho reconocemos a una mujer en la cocina fregando los platos. Una tercera imagen nos muestra en un primer plano un niño blanco y rubio, sonriente, y muy por detrás se ven dos mujeres con uniforme y cabellos negros en la calle, que por el tipo de composición parecieron ser parte del paisaje.

Las fotografías insisten una y otra vez en el mismo tema. Dentro de un auto tres chicas jóvenes sonríen. Hacia el lado izquierdo podemos identificar un cuarto cuerpo, que por el pelo rizado, el brazo y la ropa, nos indica que se trata de una empleada a la que deliberadamente se ha quitado del encuadre con poco éxito. En otra imagen, vemos un niño regordete y rubio, vestido con un traje de jirafa que es sostenido por una persona de la que sólo vemos sus manos, tapando por completo su rostro, pero que por el uniforme y color de su piel podemos inferir que se trata de una mujer del servicio doméstico. La persona aquí sólo actuaba como un atril para enseñar al niño, un soporte, en el que sus brazos y parte de su cuerpo son fundamentales y por ende no pueden dejar de estar presentes.

Daniela Ortiz, 97 empleadas domésticas, 2010.

Daniela Ortiz, 97 empleadas domésticas, 2010.

Las imágenes más inquietantes, en mi parecer, son aquellas en las que se ha hecho un recorte deliberado del cuerpo de la mujer que sostiene al niño o niña de la imagen, en la que se ve una mínima parte de esa persona, su nariz, brazo, pierna, manos, cabello, etc., quedando ese cuerpo y persona como un resto o residuo. Es importante señalar que las imágenes fueron tomadas de internet y que no han sufrido ninguna modificación por parte de Ortiz, sino simplemente desplazadas del sitio a su página web y luego compendiadas en el libro que las contenía en la exposición, el que dispuso sobre un escritorio para poder hojearlo.
Me gustaría plantear que estas apariciones lejanas, así como el cercenamiento de los cuerpos de las mujeres empleadas domésticas, pueden ser leídas –en sentido psicoanalítico- como síntomas. Esto es, reflejarían un problema no resuelto pero que pugna por aparecer, que en este caso pienso son las relaciones entre las clases sociales, el color de la piel, el espacio asignado en el orden social y la relación entre servicio doméstico de mujeres indígenas y mestizas en el Perú. El conflicto puede resumirse como la explotación de una clase mediante su reducción a la condición de servidumbre. Las posiciones en las que se hallan los personajes de las fotografías de Daniela Ortiz son tan rígidas, que no es extraño que haya pasado desapercibido el hecho que nos llama la atención: el sistemático corte y aparición de las empleadas domésticas.
Para quiénes han tomado las fotografías los cuerpos invisibilizados de las empleadas son simplemente parte de la casa, tanto como el mobiliario, una mesa o un sillón, conformando el “paisaje doméstico”. Dicha emergencia sistemática expresa un conflicto que los recursos propios de la cámara fotográfica dejan en evidencia, un conflicto negado que en cada toma se actualiza. Esto debido a la posibilidad que la cámara nos brinda de fijar detalles, hacer recortes, o ampliar el espacio. Así, en las mujeres del servicio doméstico se revelaría una pulsión de ser reconocidas, encuadradas dentro de esas escenas de la vida familiar de la clase alta peruana y, finalmente, aceptadas como parte integral de éstas. Lo que se oculta, lo que se mantiene escondido es la diferencial posición dentro de la relación, es decir, el carácter degradado por la servidumbre, su siempre negado lugar dentro del aparato familiar, por ello las imágenes se manifiestan como síntomas de este conflicto.
El uso de la cámara fotográfica en la serie “97 empleadas domésticas” nos otorga la experiencia de acceder a “lo visual inconsciente” o “inconsciente óptico”, tal como le llamó Walter Benjamin en su célebre texto “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”. Se trata de un particular espacio que se abre o manifiesta gracias a la naturaleza de la cámara, precisamente porque al ampliar y fijar un segmento congelado de la vida, estas cuestiones aparentemente pedestres toman otro significado, uno que se mantenía escondido (relación servicio doméstico- explotación, no reconocimiento) “sobre todo porque, en el espacio trabajado conscientemente por el hombre, aparece otro, trabajado inconscientemente” (Benjamin, 2003, p.86) que correspondería a este “visual inconsciente” en el sentido que la cámara puede extraer de la realidad cuestiones que al parecer quedan fuera de nuestras percepciones sensoriales normales.

Humanae: un catálogo cromático de seres humanos

La exposición “Humanae” de la artista brasileña Angélica Dass, se presentó en el contexto del ciclo de exposiciones “% Otros, el valor de la diferencia”, del CENTEX de Valparaíso. A primer golpe de vista la obra me impacta por sus grandes dimensiones y la reiteración de un mismo patrón fotográfico (200 veces). La pared se despliega como un gigantesco inventario cromático o Pantone. El pantone es uno de los muestrarios de colores más conocidos y funciona a través de códigos alfanuméricos, cuestión que posibilita reproducirlos por cualquier medio (http://humanae.tumblr.com/). Esta misma fórmula utiliza la artista en su obra para lo cual extrae una muestra de 11x 11 pixeles del rostro de cada una de las y los retratados, quedando asimismo cada imagen nombrada a partir del código al que pertenece el color de la piel que se ha escogido, por ejemplo PANTONE 7522 C. Este color identificado y reproducido se funde en la imagen, de modo que el rostro y el fondo son del mismo tono.

Angélica Dass, Humanae (2013-) Sala CENTEX , Valparaíso, 2015

Angélica Dass, Humanae (2013-) Sala CENTEX , Valparaíso, 2015

“Humanae”, como ya he dicho, es una obra en construcción y al día de hoy consta de más de 2.500 retratos de mujeres, niñas, niños y hombres, los que ha realizado en diversas partes del mundo a partir de una invitación abierta en las redes sociales. Madrid, Valencia, Noruega, Corea del Sur, Etiopía, Rio de Janeiro y São Paulo en Brasil, Francia, EEUU y Valparaíso, han sido algunos de los lugares escogidos para llevar a cabo estos retratos. En Chile la cita fue el día 28 de marzo en el CENTEX, y según me transmitió la propia autora, resultó muy exitosa.
Este proyecto me parece muy interesante tanto por su aparente simpleza como por la forma directa de plantearnos un problema complejo que aqueja a nuestras sociedades (o más bien desde las de que se han fundado nuestras culturas): el problema de segmentación social basada en el color de piel. La presentación de un retrato tras otro (secuencialidad) y el efecto que provoca esta degradación cromática nos obligan a desarmar los presupuestos que tenemos respecto al supuesto carácter discreto o binario del color (blanco o negro, por ejemplo) de la piel y la jerarquía que se le asocia. Como indica su nombre, Humanae es un gran catálogo de seres humanos puestos todos al mismo nivel a partir del color de su piel. Los sutiles cambios en el color del Pantone de Dass, en la vida diaria pueden marcar o significar grandes diferencias en las formas en cómo vemos al otro/a, en la manera en que nos relacionamos e incluso en nuestras concepciones sobre el bien y el mal. Pero al mismo tiempo, contribuye a cuestionar la idea de que existen propiedades inherentes al color, o más aun, que exista posibilidad de afirmar siquiera una supuesta discontinuidad entre tipos/colores humanos.

Angélica Dass, Humanae (2013-) Sala CENTEX , Valparaíso, 2015

Angélica Dass, Humanae (2013-) Sala CENTEX , Valparaíso, 2015

Cada distinción de tono podría señalar (fuera de esta clasificación) el lugar que les ha sido asignado en el mundo a cada gradación de color de piel, que es finalmente una valoración de lo humano, una construcción social realizada a partir de una diferencia muchas veces imperceptible. La fotografía y las herramientas digitales, nos permiten, volviendo a la idea desarrollada más arriba, observar desde otro punto de vista aquello que en lo cotidiano permanece naturalizado. También me gustaría traer aquí la respuesta de una mujer a un abogado en un juicio en EEUU que al invocar lo humano tal y como lo hace Angélica Dass, desestabiliza la lógica del prejuicio. Esta mujer al ser interrogada sobre a qué raza pertenece responde: a la raza humana. Como el abogado estaba esperando que dijera negra o afroamericana insiste y le vuelve a preguntar ¿cuál es el color de su piel? Y notablemente ella dice: color humano (Arditi, 2007). La intención del abogado era particularizar a esta mujer y con ello cargarla con los prejuicios que la categoría negra contiene en EEUU, es decir, situarla en una posición inferior, pero su respuesta, que es un rechazo a entrar en esa categoría, deja en evidencia que no hay nada que nos lleve del color de la piel a fijar un status, por lo menos nada que sea racional.
Gracias al gigantesco Pantone de esta fotógrafa, vemos como la riqueza en matices de una misma gama, se pierde a menudo. Nos revela que, aunque para algunas y algunos los problemas “raciales” o •étnicos” parecieran estar superados, estos se nos revelan con fuerza y con una compulsión inusitada cada vez que la ambigüedad del contexto lo posibilita. Es sólo cosa de echarles una mirada a los noticieros para confirmar lo mucho que aún falta para resolverlas (como ejemplo los últimos hechos de violencia policial en EEUU, o más cerca, los casos de brutalidad contra minorías indígenas y sexuales en nuestro país, o como cuando un ex presidente le dijo a un niño rubio en su visita al sur de Chile que estaba “mejorando la raza”). Al respecto las palabras de Federico Navarrete en el catálogo de la exposición Teoría del color son elocuentes cuando se refiere a la “pigmentogracia”, es decir, una “estratificación racial, social y cultural basada en el color de la piel. Los mestizos más blancos y con una cultura más occidental ocupan las posiciones más altas en esta escala de valor y los mas morenos o indios, las más bajas” (Navarrete Linares, 2014, p.69).

Angélica Dass, Humanae (2013-) Sala CENTEX , Valparaíso, 2015

Angélica Dass, Humanae (2013-) Sala CENTEX , Valparaíso, 2015

En la operación de 11×11 pixeles que realiza Dass emergen las arbitrariedades de nuestras culturas y sociedades, revelando lo absurdo que parecieran ser las visiones totalizadoras y excluyentes pues al fin al cabo nos podríamos resumir a un enorme Pantone. Lo concreto es que estas diferencias se activan constantemente de manera negativa y positiva, según el lugar o el color y por este motivo creo que obras como la que he descrito merecen una atención.

Corolario
Da la casualidad que por esos mismos días en que conocí la obra de Daniela Ortiz al hojear una revista mexicana de la cual no recuerdo su nombre, leí en una de sus páginas una frase que decía algo así cómo “la publicidad quiere hacernos creer que en México todos somos rubios”. Nada más apropiado pensé para nuestro contexto latinoamericano y con ello retorno a la obra “97 empleadas domésticas” y a “Humanae” de Angélica Dass. Recibimos constantemente mensajes clasistas y racistas que nos dicen que lo bello (y lo bueno) es lo no negro, lo no indígena. Al parecer no es problemático el hecho de realizar categorizaciones (como el Pantone) sino el tipo de contenidos que se le atribuyen a cada categoría. Estos contenidos son naturalizados y aplicados a los individuos –de forma automática y sin necesidad de conciencia- de modo que se les atribuyen las características que se le suponen al grupo. Hemos pasado así de la mera categorización a la lógica del prejuicio. Lo que sí resulta importante destacar es cómo estas categorías resultan relevantes para segmentar socialmente un grupo humano de modo de sostener y reforzar relaciones desiguales que terminan favoreciendo a unos en detrimento de otros (hombres, blancos, clase alta, jóvenes, heterosexuales, etc.).