Ilusión de segunda mano en el tinglado de Paz Errázuriz

 

¿Hay algo que no se haya dicho en las fotos de Paz Errázuriz? La técnica, la luz, la composición, los temas. Mucho se habla de los temas, pero del ojo de la Paz, ¿Porque eso es todo no? ¿Qué mira cuando mira Paz Errázuriz? ¿Lo que nadie mira?

Sólo ella premunida de objetos, su sujeto, compuesto de ella donde nos dice cosas insospechadas de nosotros al mirar los objetos que dicen de ella y que finalmente hablarán de la artista que hay en ese ojo de la Paz. ¿Inocente? ¿Dulce? ¿Pura?

Con el ojo güero, ese ojo güero es el que la auspicia a que mire desde ese lugar y no otro, para hacernos conspicuos y cómplices en la mirada idiota del sujeto enfermo, en el que depositamos humanidad al fin.

Ese ojo perturbador a que nos arrastra la autora de las imágenes que vemos colgadas en unas paredes blancas y virgíneas, en unos edificios del arte o galerías visitados por ilustres personajes premunidos de una artificiosa indumentaria que pasea como “flaneur” de galerías donde puede observar el ojo, el punto de vista de la artista en su diverso muestrario y matices e inflexiones en los tonos tenues y bajos de la imagen, pero siempre dedicada y delicada en su fijeza.

Allí donde sólo la muerte ingresa: La foto.

Paz Errázuriz, Luchadores, 1987. Crédito imagen-Cortesía de la artista

Paz Errázuriz, Luchadores, 1987. Crédito imagen-Cortesía de la artista

Paz Errázuriz nos hace ver por el espejo roto de Chile, la estampa de la culpa y la piedad, en esas caras redondas y sonrosadas de la demencia, esos cuerpos pálidos por falta de pigmentación en la piel gastada por el tiempo. Donde todo es irrelevante y nada se encuentra en su lugar.

Luego, el espacio popular. Esa picaresca chilena a todo color, como un cuadro de J.F. González en las ramás del campo chileno, versus carpas de nylon refinado posmoderno en la fiesta de la Pampilla. Y el olor a carne quemada del 18 de Septiembre con “new” estilo a Bronx en el norte y en esa ojeada a la pinganilla nacional, posando para la cámara.

La erótica del ojo se torna gozosa en la lujuria del placer mojado de la concurrencia para mirar como pobres de imágenes a la mirilla del clic. El “eso ha sido” en ese mundo perturbador de los retratos, donde saca aquello que ocultamos, pero que al vernos en su mirada se produce esa complicidad con ella, la artista del ojo, de la mirada, de su punctum, allí ocurre.

Allí se ve la angustia, la congoja existencial de la poeta Estela Díaz Varín. Los retratos de matrimonio en esos remotos tiempos de maravillas ovalados, los mareados, embriagados, borrachos, lo travesti, las plumas nacionales, las onas, el paisaje en la galería fotográfica del no color del blanco y el negro de la foto de Paz Errázuriz.

Quizás el comienzo de todo…

Quizás el comienzo de todo fue la inolvidable pelea en el Luna Park. La momia y Martín Karadigián, su propio creador donde la ilusión y el vidrio de la pantalla de t.v. parecieran que se pegan de verdad. Se sienten los golpes, pero es una simulación. Saben el oficio de darse cuerpo a cuerpo con todo parodiando una lucha libre, patas y manos, prohibidas las mordeduras, aunque todo está permitido.

El acompañamiento musical de la película Espartaco preparaba la entrada, imagino la batalla en las cuatro esquinas entre La Faraona y La Momia. En ese decorado romano, se anunciaba a viva voz circense. Había que culturizar la audiencia, decía el luchador argentino. Esto fue el comienzo de los años cincuenta-sesenta en Buenos Aires.

Se remonta a los años 40 y 50 en Francia y Estados Unidos. Aquí en Chile, mítico fue el Cachacascán hasta que los Titanes del Ring se consagraron en TVN de los 70 a los 80 acompañando a la familia popular chilena. Los niños gozaban con las representaciones de los legendarios luchadores con decorados circenses de Roma y aparecía el Faraón y la Momia o Miss Chile y la Momia y el Drácula, un vampiro con laycras y corazón rojo a lo Superman.

A patadas, voladoras, llaves y caídas. Son el ardid y quimera de la lucha y su simulación en el saber caer y darse combos y puñetes en forma que sea verosímil para adultos y niños, que son los que más disfrutan del espectáculo lleno de brillos y luces.

Paz Errázuriz, Luchadores, 1987. Cortesía de la artista

Paz Errázuriz, Luchadores, 1987. Cortesía de la artista

Estas escenas provienen desde remotos confines de la historia de los gladiadores. En las presentaciones criollas fueron pomposas artimañas en diversos disfraces, parodiando la maqueta Romana de Hoolywood, como ilusión perdida. El luchador vestido de la Farahona iba sentado en un carro dorado con cortinas transparentes transportado por lacayos.

La voz de circo del presentador a todo volumen era fundamental. Existe toda una galería de presentadores a los que se les recuerda anunciando esa epifanía pop. Luego aparecían unas cantoras gráciles y voluptuosas que gorjeaban las hazañas de la Momia, la estrella máxima del Ring, que se mantiene hasta el día de hoy. Finalmente la orquesta de vientos, coronaba el comienzo de la puesta en escena de los famosos Titanes del Ring.

En otras ocasiones, la escenografía cambiaba y las cantoras bien criollas con mantas al pecho, entonaban ofrendas acariciando la tarde melódica, de la lucha de estos colosos del ring.

Estos muchachos de entonces y de hoy, cultores del cuerpo, son gimnastas que en el día laboran y muchos usan la máscara para no ser reconocidos.

En los años 79, pensaba en este circo de la lucha a color que se prendía en la TVN. Al mismo tiempo, en las sombras del país, había lucha sin cuartel por sobrevivir a aquella ilusión perdida por una sociedad justa. En esos años la batalla real estaba al otro lado de la pantalla. Detrás de esta fiesta de golpes simulados de una supuesta bravía popular vendida como ilusión, se encontraba el blanco y negro de lo real.

En esta ilusión si se quiere ingenua en sus representaciones iconográficas del superhombre, en todas sus manifestaciones heroicas, se encuentran hombres que han sido boxeadores de verdad y que en su jubilación en el ocaso de la gloria, terminan realizando estas reales ficciones de vida.

Hoy aquellos niños que vieron día a día los Titanes del Ring, recuerdan con nostalgia esta saga de los golpes simulados, esta danza de la lucha libre chilena de las patadas y golpes bajos, saltos y anillos al cuello.

Hoy se han convertido en la saga de culto de treintones y la memoria les recuerda que Black Demon, el malo más célebre de Titanes del Ring, adiestró a un tal Montoya y que ahora él enseña las voladoras, llaves y patadas a niños en una escuela.

Hoy con más herramientas, se articulan ficheros de los ochenta que reaniman la fiesta con onda. Parecen los Rolling Stones con guitarras de palo, dicen, pero les falta el concepto de espectáculo, logo, página web, trajes llamativos y nombres creativos, para remontar el gran teatro del ring.

La idea es emular a los gringos del ring que se llama: “wrestling”.

En esta nuevas generaciones son mujeres y en su performance mezclan luchas “normales”, “super libres” con sillas y mesas como armas.

En el alto de Bolivia hay unas luchadoras que se tiran las trenzas y se sacan los aros con los dientes, es una lucha de verdad.

 

 

En Galería D 21 y hasta el 26 de noviembre 2015 la muestra Luchadores de la fotógrafa chilena, Paz Errázuriz. En esta instancia el público podrá encontrarse con obras inéditas, recientemente publicadas en el libro que lleva el nombre de la artista y que reúne cinco series trabajadas por la autora en las temáticas del circo, el tango, el boxeo, la lucha y mujeres boxeadoras. En el libro editado por galería D 21, “Paz Errázuriz”, cada serie es acompañada por un texto escrito de un destacado intelectual chileno. En el capítulo correspondiente a la serie de fotografías Los luchadores del Ring, el texto pertenece a la escritora chilena Carmen Berenguer (Nota de revista Atlas)

Luchadores. Hasta el 26 de noviembre, 2015.
D21 Proyectos de Arte. Nueva de Lyon 19, departamento 21, Providencia, Metro Los Leones.
L-V 11/19 horas y S 11/15 horas.