La Galería Empañada: intervenciones de la artista Libia Posada

A Medellín le han dicho el “Silicon Valley” de Colombia. Y no por su alta tecnología. El epíteto se refiere al porcentaje de mujeres que se han realizado compulsivamente cirugías estéticas en este valle de Los Andes. Es un lugar común por investigar, pero una realidad que parece estar favorecida por los estrafalarios estándares de belleza que impuso en su momento la violenta y patriarcal cultura mafiosa, quienes tenían a la mujer voluptuosa como su máximo botín, el desarrollo de la industria médica al igual que la del modelaje y la moda, en la que ha sido la cuna textil del país. Todas las condiciones para producir una tormenta perfecta que controla los cuerpos femeninos. Las mujeres de Medellín tienen, pues, una presión inusual para estar siempre maquilladas, vestidas provocativamente y dispuestas al exigente ojo masculino. El metro de la ciudad no es la excepción.

Libia Posada, Evidencia Clínica 1, Acción colectiva con 50 mujeres en espacio público, Medellín, 2006

Un día del 2006, sin embargo, fueron otras las mujeres que circularon por esta larga serpiente aérea que teje el norte de la carencia con el sur de la opulencia urbana. Empezaron a viajar en sus vagones relucientes, mujeres de todas las edades con otros colores en sus caras, diferentes al rouge y la pestañina habitual. Los rostros de ancianas y jóvenes estaban marcados por las huellas que dejan en la piel los golpes. Estas marcas no son sólo un hecho físico, sino un significante con un significado cultural muy preciso. Las lecturas de los transeúntes así lo tradujeron. Entonces su ojo se mostró como un nuevo inquisidor y se transmutó en una lengua colectiva que dejó resbalar comentarios como “Por puta será que le dieron tan duro”, cuando ellas pasaban. Las mujeres, con silencio y dignidad, enfrentaron las quejas de aquel ojo que ese día vio enturbiado su complaciente panorama de chicas deseables.

Esta frase resumió la situación y dio en la clave del malestar: “Eres muy valiente de salir así”. Esa era precisamente la tensión insoportable que se estaba presentando: ellas estaban volviendo pública una violencia que debía ser privada. El reclamo no era hacia quien había provocado el arcoíris del maltrato en estos rostros (traducido invariablemente como un agente masculino), sino hacia la osadía de aquellas que habían decidido exhibirlo por las calles, las oficinas, los supermercados, los bancos, las universidades. Subversivamente habían vuelto grito lo que debía permanecer susurro.

Libia Posada, Evidencia Clínica 1, Acción colectiva con 50 mujeres en espacio público, Medellín, 2006

Lo que los usuarios del metro no sabían era que estas mujeres también estaban maquilladas, aunque de otra manera, en una acción liderada por la artista Libia Posada. Ella había convocado a 50 mujeres con historias de violencia asociada al género a unos talleres en los cuales se les había “invitado a desplazarse desde su condición de víctimas a una condición de poder personal”. Luego a las participantes se les hizo una reproducción a partir de técnicas de arte forense , ya no por un “esteticista”, sino por un artista forense quien reprodujo en sus pieles fielmente los rastros de una golpiza. Con esta máscara salieron a las calles y al metro a activar los silencios del orden público. Estaban creando una imagen para un ritual innombrable.

Retratar lo irretratable

La acción llamada Evidencia Clínica tuvo una continuación al año siguiente (2007) en el Museo de Antioquia. La artista reconoció a este parnaso iconográfico como la matriz visual de la cultura de la región desde donde se decide con omnipotencia y verticalidad quiénes pueden tener imagen y quiénes no, los cuerpos ejemplares y los excluidos, los que importan y los que importan menos. Se hizo entonces algunas iconoclastas preguntas: ¿Dónde está la mujer en las colecciones de los museos?, ¿cómo se conciben?, ¿están todas? ¿qué clase de mujeres se han retratado?¿quiénes lo han hecho? ¿Qué han debido hacer para acceder a la “mirabilidad”? ¿A qué han tenido que renunciar para ser inmortalizadas? ¿Cómo se han tenido que maquillar? ¿Cuánto han debido callar?

Libia Posada en colaboración con C. Tobón y Mujeres de Medellín. Evidencia Clínica Retratos...Fotografía: Inserción en Colección Pública.

Libia Posada en colaboración con C. Tobón y Mujeres de Medellín.
Evidencia Clínica Retratos…Fotografía: Inserción en Colección Pública.

El recorrido por estas galerías ofrece un crisol de posibilidades que no se aparta de las habituales en occidente. Las más bellas y plácidas de todas son las salidas del pincel del padre de la Academia local, Francisco Antonio Cano, luego vienen las exóticas del muralista indigenista Pedro Nel Gómez, hasta llegar a la fantasía carnal y excesiva de las opulentas damas de Fernando Botero. Son las construcciones de tantos hombres que las vieron, las idealizaron, las juzgaron, las crearon, dieron su opinión sobre ellas, las miraron y dejaron la huella modeladora de su mirada en sus retratos. Sin embargo, ¿está allí realmente la imagen de la mujer? ¿Qué imágenes de ellas no están?

Con estas preguntas, que la acercan a los planteamientos de las guerrilla girls, Posada examinó la sala del siglo XIX. Quiso hacer notar allí que faltaba, precisamente, aquella imagen que subversivamente había puesto a circular en el espacio público en su primera versión de Evidencia Clínica. Y todo lo que está detrás, que es algo mucho más complejo que un hombre brutal agrediendo a una indefensa víctima como respuesta a alguna desavenencia doméstica.

La artista, quien también es médica, y se ha ocupado a lo largo de su obra del lenguaje, los rituales, los objetos de la medicina, considerándolos instrumentos de control sobre los cuerpos, plantea aquí una hipótesis: el rostro de una mujer golpeada es una patología social de la cual estas mujeres son sólo un síntoma. Se trata de una sociedad que produce este tipo de imágenes y luego las esconde. El orden de la plácida galería se da sobre el fondo de un silencio aterradoramente cargado. Entonces decide construir esa imagen que no está. Esa imagen en la que aunque toda una sociedad participa, nadie quiere ver, como quedó demostrado en su acción en la calle.

Allí había propuesto una sucesión febril de reconstrucción a partir de técnicas de arte forense que se superponían como capas de cebolla. Una mujer suele maquillarse, dice Posada, para mejorar su circulación social. Luego viene un hombre y la golpea. Entonces ella se aplica otra capa de maquillaje para que no se vean sus lesiones. Y es en este punto donde llega la artista y propone una capa más, que efectúa un artista forense. Este, con toda la exactitud, reproduce los efectos de una golpiza en el rostro de un grupo de las mujeres voluntarias.

Libia Posada en colaboración con C. Tobón y Mujeres de Medellín. Evidencia Clínica Retratos...Fotografía: Inserción en Colección Pública.

Libia Posada en colaboración con C. Tobón y Mujeres de Medellín.
Evidencia Clínica Retratos…Fotografía: Inserción en Colección Pública.

En Evidencia Clínica Retratos el ejercicio fue diferente. Las mujeres fueron fotografiadas con sus rostros golpeados, pero ahora simulando los gestos y vestidos de los escasos retratos femeninos decimonónicos, a los cuales reemplazaron en marcos parecidos. Allí se mimetizaron con los retratos de hombres de Estado y próceres que el arte oficial despliega victoriosamente en este espacio. Cuando el espectador llegaba era sorprendido por esta sucesión de prohombres salpicada aquí y allá por una que otra mujer con su rostro herido.

Se trataba de un asalto al silencio del poder masculino sobre los cuerpos femeninos, a la lógica de la circulación de las imágenes, a las inclusiones y exclusiones iconográficas y a la estructura androcéntrica del guión museológico. Los hombres han representado allí el cuerpo universal, protagonista de la historia y recipiente de los valores patrios. Las pocas mujeres que habían logrado compartir este altar ideológico lo hacían en calidad de prótesis: eran las esposas, las madres, las hijas, sin ninguna hazaña particular además de esos apellidos que las entroncaban con el poder patriarcal. La violencia de la mirada y del guión, sin embargo, quedaba opacada. Con la intervención de Posada, ésta sale a la superficie, a la piel. Se vuelve color, se transmuta en presencia.

De esta manera la artista contamina toda una sala del museo, desafía la mirada hegemónica del hombre, la aséptica del arte, la moldeadora del retrato tradicional, desmitifica mitos, deshace lugares comunes y, pone a temblar los arquetipos. Todo ello, gracias a unos procedimientos de implantes, inserciones, cortes, trasplantes, amputaciones realizadas con la mayor precisión quirúrgica. Ante el silencio cargado del poder, estas imágenes oponen la dignidad de otro silencio; ante los ojos ciegos, la mirada de frente; ante los ideales de la belleza, la fealdad de sus síntomas.

El resultado es desconcertante, demoledor, transformador. Una sala muda se llena de todas las voces de las mujeres que siempre callaron, de la mirada de quienes hasta entonces solo habían sido miradas. El cubo blanco de la sala se ensucia. La composición ideal se desbarata. Las imágenes canónicas se deshacen Y una voz profunda, oscura, emerge de las entrañas de la tradición. Estas imágenes nos expulsan del paraíso del arte decimonónico, pero nos hacen comprender que desde hacía rato vivíamos al Este del Edén. La imagen apolínea no dejaba ver a estas mujeres, por otro lado, habitantes habituales de nuestra sociedad. Libia Posada le hace grietas al espejo y el monstruo empieza a reflejarse lentamente en sus fragmentos.

Ficha: Evidencia Clínica 1.
Acción colectiva de un día con 50 mujeres de Medellín. 2006
Duración: 16 horas.

Por espacio de un día 50 mujeres de Medellín con historia directa o indirecta de violencia asociada al género, circulan por la ciudad, hacen compras, pagan cuentas u ocupan sus lugares de trabajo o estudio llevando en sus rostros la evidencia física de una golpiza.
Previo a la acción en espacio público, las mujeres participan en una serie de talleres de preparación en los cuales se les invita a desplazarse desde su condición de víctimas a una condición de poder personal.
Durante la acción colectiva, las mujeres no explican, no argumentan no responden a la provocación, se limitan a circular en silencio y con dignidad registrando con sus ojos y oídos los comentarios de los otros, en muchos casos agresivos de quienes las ven pasar.
En la tarde la acción culmina, en la galería del Centro Colombo Americano, donde las mujeres permanecen inmóviles durante treinta minutos ante la mirada desconcertada de los visitantes que acuden a un festival de performance.

Finalmente un grupo de fotografías tipo documento, se expone en las paredes de la galería acompañados de pequeños trozos de papel con la frases escritas correspondientes a lo oído en las calles.

Libia Posada

Médico y cirujano (1989) y Artes Plásticas (1991- 96) en la Universidad de Antioquia. Entre sus exposiciones individuales se destacan Evidencia Clínica: Retratos en el Museo Nacional de Colombia y Museo de Antioquia (2007); Nominados al Premio Luis Caballero 2011 y Signos Cardinales 2009. Colectivamente ha participado en proyectos como En y entre Geografías MAM Medellín; MDE 2015 Museo de Antioquia Medellín; I Bienal Internacional de Cartagena 2014, Face Contact/ FOTOESPAÑA, curada por Gerardo Mosquera, 2011 e Iberia Center for Contemporary Art en Pekín 2012; Máquinas en el Centro de Medios Oi Futuro en Belo Horizonte , Brasil, 2011 ; Skin en el Wellcome Trust, Londres, Otras Miradas Itinerante Internacional,2004-2006; VIII Bienal de la Habana, Centro Wifredo Lam, la Habana , Cuba,(2003).

Su obra se encuentra en colecciones privadas en Houston, Paris, Londres, Ámsterdam y públicas como el Museo Nacional de Colombia; Colección de Arte del Banco de la Republica, Museo de Antioquia y Fundación Gilberto Alzate Avendaño, entre otras.