Poner el cuerpo o sobre un vitalismo sin vanguardia

Sobre Poner el cuerpo. Llamamientos de arte y política en los años 80 en América Latina. Paulina Varas y Javiera Manzi, curadoras.

 

Un hombre está sentado solo en una mesa, o exiguamente acompañado por una taza de café y un clavel rojo sumergido en una botella que ahora es un florero. El color verde musgo de la imagen hace resplandecer el rostro taciturno, triste o melancólico de ese hombre que mira fijamente por la ventana de un café que imaginamos al costado de una carretera. Es una imagen bella, una que ahora ronda como un fantasma insistente las páginas de un libro de título curioso que acaba de salir publicado: Comunismo del hombre solo. Un ensayo sobre Aki Kaurismäki. ¿Pero no era el comunismo un asunto de organizar colectivamente las fuerzas proletarias, una manera de estar juntos? En vísperas del centenario de la Revolución rusa, este conmovedor ensayo no encarna ni dramatiza, no traduce a la figuración épica propia de un realismo socialista la empresa comunista, sino que se limita a declinarla o a enfrentarla con sus zonas de sombra, sus pliegues excéntricos, sus potencias emancipadoras. Porque aquí el hombre solo, versión deprimida de la “saña de perro de presa de un agitador”, le enrostra a la vanguardia -política pero también artística- haber frustrado la promesa de igualdad en nombre del diseño de una humanidad donde todas las identidades ya estaban previamente configuradas. El hombre solo, en cambio, figura más tierna que la del profeta o el maestro, reclama la inmanencia del afecto como única fuerza capaz de producir un escándalo en la sedentaria casa de la identidad. El hombre solo se “hunde en la zona impersonal del afecto. Pensamientos que se esparcen, manos que exploran, labios que se buscan, intensidad de un enredo que pasa por el ojo descentrado de una solidaridad inmotivada”1 . El hombre solo, entonces, pone su cuerpo.

Gang do Movimiento de Arte Porno Revista Gang, Numero 1, Río de Janeiro , 1980-1981

Gang do Movimiento de Arte Porno Revista Gang, Numero 1, Río de Janeiro , 1980-1981

Poner el cuerpo. Así se llama la muestra que ahora comentamos, capítulo local de un proyecto colectivo de largo aliento que desde el año 2007 y bajo el nombre Red Conceptualismos del sur ha venido exhumando y reorganizando los documentos sobre arte conceptual latinoamericano producido en contextos de violencia estatal y fuerte agitación social. Ella nos invita, en primera instancia, a enfrentarnos a estos archivos inscritos ahora en pie de igualdad con las actuales máquinas de producción artística y política. Son esos documentos entonces los que ponen su cuerpo para volver a interrogar los confines de la experiencia revolucionaria donde dormitan nombres y categorías que reclaman ser sometidos a examen. En ese sentido, Paulina Varas y Javiera Manzi son acá menos curadoras que anfitrionas, unas cuya ética de la hospitalidad les permite hacer lugar, producir tiempo, espacio y esperar pacientemente que aquello que han “montado” se ponga finalmente a reverberar.

Janet Toro, Dos preguntas. Paseo Ahumada, Santiago de Chile, 1986 Cooperación Claudia Winther. Fotografía Cucho Márquez. 4 fotografías b/n, copia exposición, 20x30 c/u

Janet Toro, Dos preguntas. Paseo Ahumada, Santiago de Chile, 1986 Cooperación Claudia Winther. Fotografía Cucho Márquez. 4 fotografías b/n, copia exposición, 20×30 c/u

Se trata de una plataforma de encuentro, una donde se dan cita fotografías, vídeos, audios, gráficas, publicaciones y documentos provenientes de diversos países del cono sur, materiales que excitados por la muerte, la tortura y la desaparición terminaron por aguzar su potencia visual. El visitante que se detiene a mirar cada imagen no puede dejar de oír uno de los poemas más conmovedores de Néstor Perlongher, Cadáveres, escrito en 1982 en un largo trayecto entre Buenos Aires y Sao Paulo. Esta instalación sonora, lejos de estar allí como “música de fondo”, nos devuelve una imagen, la única imagen quizás perdurable: la imagen de la destrucción.

(…)
Hay Cadáveres
En las redes de los pescadores
En el tropiezo de los cangrejales
En la del pelo que se toma
Con un prendedorcito descolgado
Hay Cadáveres
En lo preciso de esta ausencia
En lo que raya esa palabra
En su divina presencia (…)
Hay cadáveres

Hay cadáveres, sobre todo cadáveres, entonces lo que vemos en Poner el cuerpo son precisamente imágenes de la destrucción (del proyecto utópico de izquierda, de los cuerpos militantes, de los lazos filiales). Boris Groys, leyendo el Cuadrado negro de Malevich, señala que la “destrucción no puede ser destruida por su propia imagen” y entonces serán esas imágenes las que sobrevivirán siempre como huellas. Desde esa condición nos miran, desde allí nos llaman. Y llamamiento será justamente el nombre que se inscribe como una voz extraña en el cuerpo de esta exposición. Llamamiento, dicen sus curadoras, “es el nombre con que fueron conocidas las declaraciones que buscaron agitar y convocar a una toma de posición y acción colectiva en la lucha contra el régimen imperante. Estos no fueron llamados discretos, muy por el contrario, su nombre indica el carácter de un llamado que no se agota, que no triunfa, pero que al mismo tiempo no establece cierre ni dimisión”. Verbo y sustantivo al mismo tiempo, seña de una aleación entre un cuerpo y una voz que no terminan nunca de pertenecerse. Palabra subversiva, porque destituye la ley de la necesidad para implantar la de la contingencia, porque no busca someter los cuerpos (la inmanencia de sus afectos) a la ley de un orden que los trasciende. Su potencia consistiría precisamente en el fracaso, o en habitar un límite: ni voz déspota ni coro de voces que se rebela, sino ese “filo en que poder e insurrección se fascinan unos con otros” sin establecer “cierre ni dimisión”.

Colectivo Chaclayo, Lima, Perú (Detalle)

Colectivo Chaclayo, Lima, Perú (Detalle )

Colectivo Chaclayo, Lima, Perú (Detalle)

Colectivo Chaclayo, Lima, Perú (Detalle)

Por eso tal vez Varas y Manzi hablan de activismos cuando definen la línea curatorial de la exposición. Se trataría de materiales que renunciaron a transformar el proceso en resultado. No hay obra, podríamos decir, en cambio hay banda (como hay banda también en Los detectives salvajes de Bolaño): “ráfagas de aire, torbellinos hiperquinéticos, una especie de movimiento grupuscular continuo, una compulsión a respirar, a tragar aire (…), un atletismo de pulmones rotos y músculos gastados” 2. Activismo y no vitalismo vanguardista, y en eso los hombres solos de Kaurismäki no se diferencian del hombre colectivo de cuya acción conjunta emergen los documentos que esta muestra exhibe. Porque no es un asunto de números, eso lo sabía Deleuze cuando esbozaba su política de lo minoritario: “Las minorías y las mayorías no se distinguen por el número. Una minoría puede ser más numerosa que una mayoría. Aquello que define la mayoría es un modelo al que hay que conformarse: por ejemplo, europeo medio, adulto, varón, habitante de las ciudades. Mientras que una minoría no tiene modelo, es un devenir, un proceso” 3.

Si decíamos que ese vitalismo que emerge en un contexto donde prima la desventura no es vanguardista, es porque da la impresión de que la contigüidad de los cuerpos, las alianzas, los pactos, la amistad, el enjambre no están mediados por un programa-modelo que debería realizarse en un futuro, sino animados por la necesidad de un cuerpo a cuerpo que no busca otra cosa que introducir en su propio hacer la práctica de los otros. Una estética de la hospitalidad que busca construir un mundo que por fin los acoja, prescindiendo para ello de una ley que esté por fuera de lo que ese lazo amoroso construye en su propio presente.

Vista exposición Museo Solidaridad Salvador Allende

Vista exposición Museo Solidaridad Salvador Allende

Aquí hay cuerpos, sobre todo cuerpos. Si el comunismo del hombre solo es también el comunismo de los cuerpos que comparten la capacidad de devolverse la mirada habiendo aprendido primero a prescindir de la nostalgia y la esperanza, los cuerpos que aquí vemos no son los del mártir o el atleta (como los cuerpos endurecidos y entrenados del ruso Deineka), tampoco son mesiánicos o maquinales. Son más bien enfermos, endebles, quebrados, protésicos, fuera de quicio, mortales, deseantes, y desde esa condición se buscan y producen comunidad.

Poner el cuerpo se llamó también la nota necrológica que Álvaro Bisama escribió a propósito de la muerte de Carlos Leppe, un artista que no dudó en degradar su propio cuerpo para metaforizar la degradación de un país completo. La nota termina del siguiente modo: Leppe “es el maestro que sabe que el cuerpo es la única categoría posible, que la carne es una verdad inapelable, que todo pasa por ahí. El shock y el encuentro, el asco y la identidad (…), como si no hubiera que decir nada, salvo recordar eso que Leppe y los artistas de su generación nos enseñaron como una lección imborrable: aprender a descubrir lo que la historia calla en lo que la piel afirma” 4

Fotografías cortesía Museo  Solidaridad Salvador Allende

Poner el cuerpo. Llamamientos de arte y política en los años 80 en América Latina

Museo de la Solidaridad Salvador Allende
República 475, Santiago, Chile
Martes a domingo de 10 a 18 horas

Desde el 09 de abril al 28 de junio 2016

nota
  1. Galende, Federico (2016). Comunismo del hombre solo. Un ensayo sobre Aki Kaurismäki. Santiago: Catálogo libros, p. 30
  2. Pauls, Alan (2012). Temas lentos. Santiago: Ediciones universidad Diego Portales, p. 66
  3.  Entrevista a Gilles Deleuze. http://www.ddooss.org/articulos/entrevistas/Deleuze_Toni_Negri.htm
  4. Álvaro Bisama: http://www.quepasa.cl/articulo/cultura/2015/10/poner-el-cuerpo.shtml/