Ciudad Fallida, de Tatiana Sardá, Constanza Bravo y Erick Faúndez


Algo no funciona o la ciudad como ruina

Algo fallido es, según la RAE, algo errado, frustrado, abortado, malogrado, fracasado. Entonces podríamos decir que una Ciudad Fallida, es una urbe que no permite ser habitada de manera armónica, como en algún momento fue pensada, entre otros, por Benjamín Vicuña Mackenna, miembro de la Sociedad de la Igualdad y responsable de una importante transformación de Santiago, cuando fue intendente entre los años 1872 y 1875. Hoy, 140 años después, los fotógrafos Sardá, Bravo y Faúndez, nos introducen en algunas de las problemáticas cruciales de esta ciudad/ruina.

Es importante entender que uno no transita, ni menos existe, dentro de un engranaje arquitectónico, sino que lo hace dentro de la cultura, tanto relacional como simbólicamente. La ciudad es en sí compleja, más aún hoy, cuando a través de sistemas de la visualidad se nos proponen espejismos y distracciones que muchas veces nos nublan la mirada. Ese paisaje contemporáneo que nos invade insistentemente a través de mensajes publicitarios o subliminares, públicos y privados, que nos entregan (des)información en una variedad de soportes que sostienen el entramado, llámense tecnología móvil, vía publica, televisión, monumentales, etc., pareciera ser que funcionan como mecanismos y estrategias conscientes que destruyen los espacios de relación y sostienen la dominación del sistema de consumo.

Hoy en día, el problema de la sobredemanda de viviendas, de la desmesurada y aberrante desigualdad, de las múltiples micro ciudades segregadas, donde todo es diferente según el habitus: la calidad de las calles, la cantidad de árboles por metro cuadrado, los sistemas de transporte, el acceso a la educación, la vista a la cordillera, la polución, hasta el color de la piel. La ciudad es una contradicción en sí misma, que no hace más que señalar la relevancia que adquieren las lecturas críticas de los usos y efectos de la visualidad y de nuestro entorno, para poder entender que sus estructuras, sus olores y sus colores hablan sobre sus carencias e injusticias.

Tatiana Sardá, Espacios Comunes, 2014

Tatiana Sardá, Espacios Comunes, 2014

Por ello, cada día se hace mas difícil entender la vida en comunidad o el espacio que uno ocupa en ese trenzado, sin ser capaz de decodificar las imágenes, aquellas que nos hacemos de las cosas y las que se hacen de éstas y se promueven. Todas las imágenes que circulan se han construido para ser visibilizadas o invisibilizadas, en ello no hay ingenuidad. La imagen es ideología y es poder, eso está corroborado hoy por sus funciones comunicacionales, políticas, y publicitarias; por ello debemos interpretarlas, para no quedar limitados a consumirlas bajo su función propagandística, que narra y edifica ciertas identidades, omitiendo la existencia de otras.

Las imágenes cuentan historias, ciertas historias, algunas historias y circulan en ciertos espacios, a veces bajo criterios políticos y económicos, en otros momentos a modo de desenmascarar justamente aquella estructura. Podríamos decir que con tanta imagen circulando, hemos aprendido a ponernos en posición de equilibro frente a la toma fotográfica y al dispositivo, pues uno no sale del cuadro sino que justamente se pone en cuadro, en el lugar que socialmente le corresponde. Por ello se vuelve indispensable pensar las imágenes, leer las imágenes, aprender a mirar las imágenes omnipresentes.

En esta exposición se nos propone tomar en cuenta la relación con nuestro entorno, tensionando el territorio donde uno habita, con el sistema que lo provoca y las relaciones que lo contienen, para reflexionar nuestra forma de cohabitar.

Constanza Bravo, Doing the chilean way, 2014

Constanza Bravo, Doing the chilean way, 2014

Constanza Bravo, con su serie Doing the chilean way, frase acuñada por el presidente de los EEUU Barack Obama, al referirse al rescate de los 33 mineros ocurrido en el norte de Chile el año 2010, que posteriormente fue utilizada por Piñera, el ex presidente de Chile, para promocionar internacionalmente el vídeo del espectacular rescate, nos hace reflexionar en torno a dicha manera chilena de hacer las cosas, a través de un paisaje que insiste en sobrevivir y ser reflejo, no solo de la pobreza, sino de la forma en que ésta irónicamente sostiene -en parte- el sistema simbólico y político a través del emblema patrio. Según Pedro Cayuqueo do it the chilean way significaría: “para qué hacer algo bien, si lo podemos hacer mal o más o menos” (The Clinic, 2012). No podría estar más de acuerdo con esa aseveración.

El sistema está malogrado, en lo social, cultural, económico, político y urbanístico. Esos paisajes de Bravo nos sugieren varias preguntas al respecto, que tienen que ver con la desconexión que el sistema tiene con el individuo, en una ciudad que se mal habita. El urbanismo ya no recurre a preocuparse por las necesidades humanas y de crecimiento sostenible, sino, se ha convertido en puro negocio. En esas poblaciones fotografiadas de Cerrillos y Pudahuel, que podrían ser tomadas como ejemplo del problema general, nos enfrentamos con el retrato de la precariedad, en cuanto a la forma de construcción simbólica del país; en un constante pegoteo, en donde el emblema patrio flamea vacío de contenido, al menos del que se promueve en las noticias y en el himno nacional. Aquellos ciudadanos arman sus hogares en tomas o campamentos en la marginalidad, elevando el blanco, azul y rojo a modo de tomar posición de un trozo de territorio, que está muy lejos del edén y más cerca del esfuerzo de intentar mantenerse en pie por sus propios medios.

Sardá, en su serie Espacios Comunes, fotografía aquellos rincones intersticiales que existen en las torres de edificios que invaden hace décadas la ciudad de Santiago, transformando la circulación y la forma de vida de la clase media. Proyectos de constructoras que se transan como proyectos de vida en comunidad, publicitando en monumentales que acechan la vista o en maquetas de venta que prometen soñar y compartir a los clientes en la piscina, en el cuarto de ejercicio, la lavandería, el patio, la sala de reuniones, pero que difícilmente son capaces de generar sistemas de relaciones afectivas.

Erick Faúndez , Ciudad Parásito, 2014-2015

Erick Faúndez , Ciudad Parásito, 2014-2015

Uno es dueño del espacio por el cual pagó (o en muchas oportunidades, se endeudó), con el fin de cumplir con el sueño de la casa propia, esforzándose para conseguir un cierto status que siga las reglas del establishment. Pero todo suele quedarse sólo en la imagen de la preventa en verde. El poder sicológico del marketing y la publicidad, del país que hemos construido, con el fin o la necesidad de ser aceptado, como si aquello pudiera realmente hablar de lo que somos. Cáscaras. Malos bosquejos. Superficialidad. Según la fotógrafa, lo que más le interesa rescatar, es que estos espacios comunes, paradójicamente te alejan y segregan de lo que ocurre en la calle, no son ni espacios públicos, ni menos comunes. ¿Serán estos los actuales no lugares?

La ciudad sigue creciendo, al ritmo de los espejos, como si no quisiéramos tener contacto visual, más que con nosotros mismos. Nos vemos reflejados en aquellas construcciones que nos hablan de una ciudad descuidada con sus habitantes y con el espacio público, aquel lugar donde nos debemos relacionar y comunicar, por la excesiva necesidad de ser parte de estadísticas que midan nuestro grupo sociocultural, terminamos sin conquistar nada, ni siquiera nuestros propios espacios.

Erick Faúndez nos propone llamarla Ciudad Parásito. Según él, la destrucción familiar hizo que la ciudad fallara. Vemos sus imágenes y la nostalgia se asoma abruptamente. En un recorrido imaginario, Faúndez traza los espacios ocultos de la ciudad. Casas abandonadas por la especulación inmobiliaria, problemas judiciales o simple indiferencia. Espacios esperando que llegue una constructora a terminar lo que el descuido ya empezó a engendrar, borrando toda memoria posible de quiénes habitaron esas paredes, de quiénes vivieron, compartieron, pelearon, construyeron sus vidas y, quizás, sus sueños. Craquelados de imágenes que invitan a pensar la ciudad como un gran archivo de memorias individuales y colectivas, para poder creer que en algún momento pertenecimos a una historia relevante, aunque sea al paso.

Son elocuentes las apropiaciones y los encuentros con aquellos objetos de Faundéz, pues nos permiten reconocernos en esa fragilidad que es la vida, esa pequeña línea entre el paso del tiempo y la permanencia. ¿A dónde vamos? ¿En qué lugar nos podemos sentir en casa?

Cuando uno habla de la ciudad fallida, es porque en algún momento se pensó en una ciudad ideal o al menos en un proyecto de espacio vital y honesto. Si no es así, es momento para pensarlo. Y en ello, los procesos creativos deberían ser tomados en cuenta, pues buscan antes que nada la afección, intentando reflexionar para transformar, o al menos problematizar -a través de interacciones culturales- nuestro devenir. Pero esto sólo puede ocurrir cuando nos salimos de la comodidad de ser pasivos y nos obligamos a la autogeneración de crisis, para poder optar a la construcción de espacios de humanización, entre lo estético y lo ético, con el fin de convivir y cohabitar en nuestro entorno cotidiano. Estas tres propuestas -en su conjunto- nos hacen reflexionar en aquella urgencia.

Exposición CIUDAD FALLIDA, Museo Benjamín Vicuña Mackenna, desde el 26 de marzo al 26 de abril, 2015.