Los pueblos desaparecidos de Manuel Ormazábal

 

Aunque nació en Santiago (1962), Manuel Ormazábal ha vivido en Copiapó por más de cuarenta años. Sólo volvió a instalarse en la capital en dos oportunidades: cuando llegó a estudiar Arte en el desaparecido Instituto de Arte Contemporáneo, -de donde se tituló en 1991-, y luego cuando volvió para conformar el Colectivo Caja Negra en 1996, donde desarrolló diversos proyectos expositivos por más de nueve años. Su decisión de retirarse del Colectivo estuvo influenciada, en gran parte, por la necesidad de situarse en el campo de la creación desde otro contexto, el de la provincia. En su trabajo“Ofrenda a mis desaparecidos pueblos”, -recientemente exhibido en el Centro Cultural Estación Mapocho- Ormazábal aborda el tema del territorio perdido y su intento de reconstrucción, como una especie de recorrido biográfico en busca de identidad y memoria mítica.

Manuel Ormazábal, “Ofrenda a mis desaparecidos pueblos”,2012

Manuel Ormazábal, “Ofrenda a mis desaparecidos pueblos”,2012

1- Desde una mirada antropológica, el territorio más que un paisaje o lugar físico, es un espacio construido por el tiempo y habitado por la memoria. ¿Cómo definirías tu relación con el norte de Chile (la región de Atacama) y con estos pueblos en particular?
Mi relación con el norte es íntima, paradójica y contradictoria. Si bien no nací allí, mi experiencia es parte de un fenómeno típico de migración. Mi padre viajó desde Santiago a trabajar como obrero en 1969 a Copiapó, y mi madre, mi hermana chica y yo lo acompañamos al año siguiente. Desde ese entonces, Santiago pasó a ser el lugar donde se iba a pasear y ver a los hermanos mayores y la abuela. Con el tiempo, nos reunimos todos en el norte, lugar que se constituyó como lo ignoto, lo extraño, lo aburrido de la ciudad y el paisaje, en contraposición a la capital que era la entretención de verano, la familia y los amigos.
Mis sensaciones en esos momentos, fueron de desazón, de sentimientos encontrados, de desarraigo y de otro acto fundacional. Vivimos en lugares periféricos de la ciudad y campamentos por lo que conocí todo un ambiente en que los mitos locales estaban aún muy presentes, sobre todo en relación al imaginario del minero y su tendencia a la superstición y al derroche casi suicida. Estando en ese ambiente mi padre contó que mi abuelo había nacido en uno de esos pueblos mineros de los que se hablaba tanto, llamado “Carrizal Alto”. Saber eso fue todo un acontecimiento para mí, que me hizo reflexionar sobre el hecho de que estaba muy cerca del lugar donde se había originado una parte de mi familia, con la llegada a la zona de un vasco llamado Manuel Ormazábal, mi bisabuelo. Esta idea me acompañó durante años, hasta que pude realizar, -luego de los avatares de la propia vida-, una suerte de recomposición de ese momento de mi niñez con este proyecto: viaje a un pasado perdido para concebir un imposible, una forma de existencia, una cosmovisión perdida y precisar, real o simbólicamente, un punto de partida, un origen, en medio de un paisaje desolado que ya empezaba a serme muy entrañable, vital y amado.

Manuel Ormazábal, “Ofrenda a mis desaparecidos pueblos”,2012

Manuel Ormazábal, “Ofrenda a mis desaparecidos pueblos”,2012

2- Este trabajo está referido a la muerte pero no necesariamente desde la ruina. ¿La ofrenda es en sí misma un acto de reparación?
La ofrenda está tomada en su significación religiosa y de culto a los muertos, forma de relación con lo invisible, con el misterio, lo sobrenatural, los antepasados, etc., y está cargada de conflictos (o dualidades) tales como santidad-pecado, castidad-lujuria, bendición-castigo. Si bien este trabajo reactiva una forma de relación con lo sagrado y los muertos con su legado de memoria, ruinas, cultura, fracaso, etc., es también despliegue estético, por tanto goce fugaz y festivo, que intenta dar cuenta de esa convivencia curiosa entre esas fuerzas contrarias en el contexto escenográfico y lúdico del montaje fotográfico.
En este trabajo la ofrenda, pienso, hace posible la reinvención de un imaginario que se había perdido, pero que gravitaba aún en un inconsciente comunitario por tanto también personal. Así la acción de ofrendar y la ofrenda misma son vías de comunicación, de conexión con lo incomprensible, con esa pérdida irremediable que significa la muerte y que refleja nuestra propia aniquilación, necesidad de lo improductivo, lo sacrificial y del rito de la entrega gratuita y generosa. En este aspecto, la ofrenda no es sólo un acto de reparación sino que también de homenaje a las ruinas, de extremo cariño a los pequeños rastros que dejaron en la historia y en el desierto los habitantes de esos pueblos, muchos hoy anónimos, y entre ellos Manuel Ormazábal, mi bisabuelo.

3- En la construcción de cada toma fotográfica hay una escenificación barroca. ¿Por qué utilizaste ese recurso (y no otro)?
El recurso barroco tiene que ver en principio con lo religioso popular anteriormente mencionado. En mi niñez, la fiesta religiosa era algo muy cercano, y creo que experimentarlo habitualmente definió más adelante la estética para este proyecto. Creo que lo barroco en este caso tiene que ver más bien con lo colonial virreinal, -íntimamente ligado a ese tipo de fiestas, cuyos efectos aún son palpables-, época en que mediante el remedo y la carga ancestral del artista local se transgredía el modelo imperial español, que en el siglo XX se problematizaría otra vez con el neobarroco de José Lezama Lima y compañía. De esta manera una parte de la vida de esos pueblos la veo inseparable de esa herencia colonial y primitiva, la que construyó una estética bastarda precaria y paródica, copia de la copia, con todo el sincretismo al que conlleva, ajustándose a una visión de mundo desgarrada y carnavalesca, sumida en la lucha de fuerzas contrarias, de las que ya hice mención, siempre destruyendo todo intento de armonía y mesura.
Lo otro que creo importante mencionar, es que eso barroco tiene que ver además con esas visiones de abundancia y tesoros que el imaginario minero elabora: lo lleno versus lo vacío. Irremediable tragedia porque en este caso significa enfrentamiento con un paisaje desolado, hostil y sobrehumano, que sólo conlleva una continua derrota y muerte. Los habitantes de esos pueblos desaparecidos, como los que conocí en el Copiapó de mi niñez fluctuaban entre la carencia más extrema y los actos de despilfarro y fiesta que escondían la profunda melancolía de una patética vida determinada por la teatralidad mortuoria.

Manuel Ormazábal, “Ofrenda a mis desaparecidos pueblos”,2012

Manuel Ormazábal, “Ofrenda a mis desaparecidos pueblos”,2012

4 – Esta obra tiene una gran carga emotiva, que se puede leer como nostalgia o añoranza de un pasado desconocido. Sin embargo, pareciera ser que también hay algo de ironía en algunas escenas, con tonos paródicos. ¿Qué importancia tiene el humor en tu trabajo?
El humor continua por la senda de la parodia barroca, por esa teatralidad de lo absurdo carnavalesco, energía transgresora que convive a la par con esa nostalgia de la que tú haces mención. En realidad mi estrategia al construir las imágenes era concebir un sin número de combinaciones en ese contexto del soporte y encuadre fotográfico, casi en estado de éxtasis y juego infantil, simple fascinación ante los objetos y las imágenes. Por tanto, si bien hay algo de seriedad al ejecutar el proyecto, lo sostiene en parte un divertimento, una sensación de gratuidad, especie de certeza de que no se está en búsqueda de algo realmente definitivo o que no se está jugando la vida en aquello. Esto permitió un constante ensayo en la construcción de estos “cuadros fotográficos” que dio como resultado cierta concepción de la imagen formalmente anacrónica, como pasada de moda, alejándolo en cierta medida de lo barroco intelectualizado, mediático, estéticamente refinado y políticamente correcto. En su momento guardé este trabajo, lo archivé, sin saber en realidad si aquello podría caber en el mandato de lo “contemporáneo”, y así estuvo por 4 años relegado en discos que afortunadamente clasifiqué ordenadamente. Viendo el trabajo hoy expuesto creo que adquiere necesariamente un aire de actualidad, paradójicamente por una sensibilidad anacrónica provinciana que se contrapone en parte a ese cliché de lo contemporáneo. Y volviendo a la pregunta inicial, veo en algunos de los resultados ese residuo de carcajada y cinismo manierista, cuadro atemporal y muy actual a la vez, como objeto casi ornamental e inútil, la imagen alegórica de connotaciones burlescas y oscuras, unido quizás, si se me permite decirlo, con la novela picaresca del Siglo de Oro Español: una suerte de variadas artimañas para mostrarse disfrazado, maquillado, construyendo así ficciones para burlar a la muerte.

Manuel Ormazábal, “Ofrenda a mis desaparecidos pueblos”,2012

Manuel Ormazábal, “Ofrenda a mis desaparecidos pueblos”,2012