Perder el Norte, sobre el trabajo ” El eje en la Luna” de Catalina Juger

Aunque la opresión de la mujer es de hecho una realidad material, una cuestión de maternidad, trabajo doméstico, discriminación laboral y desigualdad salarial, no puede reducirse a estos factores: es también una cuestión de ideología sexual, de las formas en que los hombres y las mujeres se imaginan a sí mismos y al otro en una sociedad dominada por el hombre, de percepciones y comportamientos que van de lo brutalmente explícito a lo profundamente inconsciente.

Terry Eagleton

Nelly Díaz es dueña de una chacra; cultiva la tierra y cría animales, gracias a las aguas todavía prístinas del río Vítor. Ella vino desde Bolivia. Lleva una vida sustentable y cuando se desplaza aún más hacia el Occidente, el Pacífico la colma de un profundo sentimiento oceánico (Freud); afectación de la experiencia religiosa, éxtasis, que detona la Naturaleza y el cosmos para hacerla sentir parte indisociable de ellos. Ella nunca dejó su zona alto andina dominada por la meseta del Collao: escenario chinchorro, atacameño, Tiwanaku y aimara que habita en sus venas y en su corazón mestizos. Zona anterior a las fronteras impuestas por el Estado-Nación y su razón ilustrada. Ella vive sola. Fue la Cruz del Sur la que orientó sus pasos hacia el Occidente sin que jamás abandonara su territorio del Centro-Sur Andino y se asentara en el Oasis de Codpa.

Nelly Díaz encarna lo que Erich Neumann ha descrito como el Arquetipo Femenino fundido de la Madre-Tierra, la Madre-Terrible y Magna Mater, que encierra lo que este discípulo de Jung ha denominado “el simbolismo primario de lo femenino”. De acuerdo a este modelo, en las culturas primitivas, el concepto del tiempo se asocia con los movimientos cíclicos de la luna, que a su vez se relacionan con las mareas, la lluvia, la fertilidad de la mujer y la procreación de animales y plantas. La fertilidad propia del sexo femenino se engrana ejemplarmente en las culturas agrarias autosustentables, como la de Nelly, con los elementos primordiales del agua y de la tierra, asociación que se acentúa al relacionar el ciclo menstrual con la luna, astro que influye en los movimientos de la marea y el crecimiento de las aguas. Nelly Díaz es un patrimonio viviente del Arquetipo de la Mujer, desde su asentada cosmovisión: pensamiento analógico, donde naturaleza y biología, están en sintonía como si fuesen un mismo organismo.

Catalina Juger, El eje en la Luna (eje norte), 2015

Catalina Juger, El eje en la Luna (eje norte), 2015

Entonces, de lo que aquí se trata es de insinuar los vínculos posibles entre tres ejes que se ponen en juego: Mujer, dado que Nelly Díaz es referente y “objeto” de la fotografía y video de Catalina Juger; y de las mujeres que hemos sido convocadas a escribir a partir de su trabajo audiovisual: “El eje en la luna”.

El dispositivo fotográfico es una compleja trama, que como toda producción humana pone en juego una ideología (Sontag). Todo aparato fotográfico tanto analógico como digital tiene incorporado un punto de vista, dado por el principio de la perspectiva, que permite a partir del siglo XV proyectar la ilusión de una tercera dimensión en la bi dimensión del plano. Esto, en su aplicación ready made al aparato fotográfico, cuatro siglos después, se realiza gracias a la manipulación de la profundidad de campo y el punto de fuga al interior del encuadre en acuerdos con las lentes. De ahí que la confrontación que produce el acto fotográfico con personas pertenecientes a comunidades de subsistencia y pensamiento mítico, sea simbólicamente un choque de dos mundos y -el click del obturador- la metáfora de un disparo. Juan Downey en su trabajo con los Yanomami de la Amazonia se hace cargo de esta colisión cultural al invertir las posiciones entre sujeto y objeto. A su vez, es necesario tener presente, desde el punto de vista de la recepción, que la reproductibilidad técnica propia de la fotografía analógica y del cine, alejan la experiencia “aurática” del espectador, distanciando su capacidad de afectación, sujeta por una “segunda consciencia” más lejana, mediada por la representación de la imagen técnica (Jünger). Qué decir de la inasible imagen virtual.
Hoy, fotografía y arte contemporáneo son casi equivalentes y desde hace varias décadas se ha producido en algunas prácticas un giro etnográfico (Foster) impulsado por la búsqueda de respuestas en lo impensado, el inconsciente y el otro. Esto ha derivado en que la antropología, entendida como la ciencia de la alteridad, y el psicoanálisis, cuyo objeto de estudio es el inconsciente u otro de la racionalidad moderna, se hayan convertido en lingua franca; tanto de la práctica artística como del discurso que la propicia.
Este giro del fotógrafo como etnógrafo plantea una serie de interrogantes a las prácticas fotográficas, con respecto a posibles confusiones entre identidad e identificación; retorno circular a concepciones esencialistas de las identidades, como por ejemplo el Arquetipo de la Mujer naturalizado en contextos complejos de sociedades postindustriales donde proviene el fotógrafo; la idealización romántica del otro como sujeto de la historia en tiempos posthistóricos; la reificación del otro afín al turismo cultural en el actual contexto del capitalismo mundial integrado (Chonchol); o simplemente como proyección narcisista. Estas naturalizaciones suelen darse cuando no se atienden críticamente las mediaciones irrenunciables entre el observador participante y el otro observado; entre el referente de la fotografía y el dispositivo fotográfico; entre imagen y distancia crítica.

Catalina Juger, El eje en la Luna (eje norte), 2015

Catalina Juger, El eje en la Luna (eje norte), 2015

Estas interrogantes se hacen urgentes en la medida que estos desplazamientos del fotógrafo como etnógrafo se autorizan al interior de lo que George Dickie ha denominado sistema del arte: el museo, la academia, el mercado, los medios de comunicación; y sus definiciones administradas del arte, el artista, la identidad y la comunidad; aun cuando, gracias justamente al giro etnográfico, se haya impulsado un desbordamiento hacia otros espacios que han permitido entender al espectador más allá de estrictos términos fenomenológicos; puesto que se le considera un sujeto social definido en el lenguaje y marcado por diferencias económicas, étnicas y sexuales (Mejía).
En una entrevista realizada a Lévi-Strauss por Antoine de Gaudemar y publicada en Libération el 20 de octubre de 1994, a propósito de la gran exposición- homenaje Les Amériques, en el Musée de l’Homme (1990), frente a la pregunta de cuál es la función que él le asigna a la fotografía en su trabajo, Lévi-Strauss respondió que le atribuía un papel documental neto; no obstante que la interpretación docta de ella, le había ampliado su perspectiva. Al revisar su archivo de más de cinco décadas, en compañía de un estudioso, en el que había fotos muy deterioradas, le había permitido apreciar ese deterioro, como un símbolo del tiempo pasado que significaba no solamente una decadencia física del material compilado, sino que también, un segundo nivel simbólico, más alarmante: la reducción y exterminio de las comunidades humanas que había estudiado en el transcurso de ese medio siglo.
En la misma dirección, las fotografías de los nómades del mar de Martín Gusinde, podemos interpretarlas como monumentos escatológicos que anudan colisiones de saberes, poderes y subjetividades, en los que a principios del siglo XX, se consuma el exterminio de aborígenes del sur de Chile impulsado por ideales republicanos, expresados en política públicas, que concesiona territorios habitados por comunidades que habían sido soberanas hasta entonces.
Quizá, las imágenes y testimonio de Nelly Díaz, estén predispuestos a convertirse también en monumento: memento mori de un paraíso perdido, sin retorno, como consecuencia de la imposición de un sistema productivo globalizado implacable. El Río Vítor, riega con sus prístinas aguas, desde los bofedales de Humipa -que recibe afluentes del Cerro Marqués- hasta el Pacífico. El río Vítor da vida al oasis de Codpa, para que los pequeños agricultores como Nelly sirvan sus huertos; y algunos también surtan nuestras despensas de primores de “fuera de temporada” en la zona central: ahora está en peligro radical. Una compañía minera transnacional tiene en vistas instalarse en su nacimiento; y así dejar atrás una forma de vida y cultura que recorre de los altos Andes hasta el mar, contaminando inequívocamente sus aguas.
Sabemos gracias a Foucault, que las utopías consuelan. Quizá “El eje en la luna” participe de una conjura que de bríos a la comunidad organizada. Quizá, la utopía imprima el deseo de construir nuestras identidades -aunque para ello haya que romper el confinamiento de la vasija- que oprime nuestro estar en el mundo en tanto prestadoras del cuerpo sólo para la maternidad. Quizá el consuelo esté en asumir al acto fotográfico como gesto subversivo frente a la representación de los otros. O, quizá nos inspire a pensar que el norte está en el sur y al igual que Torres García giremos el mapa al revés para cambiar con urgencia las coordenadas.

Catalina Juger: http://www.catalinajuger.com/El-eje-en-la-luna

Sala Laboratorio, Parque Cultural Ex Cárcel de Valparaíso a partir del 5 de octubre, 2016.
Sala Joaquín Edwards Bello , Centro Cultural Estación Mapocho a partir del 17 de noviembre, 2016.